Una historia de mi Chimichagua nueva de Víctor
Felizzola Cano
Un romance fugaz de turista.
La mañana que la
vio arribar al muelle del pueblo, ese día sintió que su esquiva felicidad
dejaría de ser la sombra de quién le había jurado volver y se había pintado de olvido,
disipaba su tristeza mirando las aves revolotear en la ciénaga o a los viajeros
llegar con su afán de estar para la semana santa en Chimichagua, era tan
parecida a la virgen que solo la brisa la distinguía ariscándole su cabellera
negra, la vio santiguarse frente a ella
y no salía del asombro que gracias dio también por la turista bendición.
¿Quién la lleva
a su dirección? Mucho gusto Moisés, hola- María., vamos a este pueblo no se le
conoce así, hay es que caminarlo- se apresuró- solo necesita que éste guía tome
su equipaje y le hable de la virgen del muelle que bendice a los visitantes, de
las fiestas de la inmaculada, del pozo del higuerón que quién toma su agua en
esta tierra se queda y que la procesión del jueves santo hay que acompañarla
hasta que amanezca, si lo hace con devoción de seguro se le cumple el deseo que
pedirá.
Así el anfitrión
se enternecía escuchándole la historia del señor de Monserrate y la medallita
con el cristo que había comprado en el lugar, atónito quedaba en la
conversación embelesado en el rostro que borró
la huella de una ingrata venezolana, - debes pedir un deseo para un
cambio sorpresa en tu vida, fue la sugerencia iniciando la nocturna
peregrinación entre una multitud con velas encendidas, - sí, pediré por mi regreso a Zipaquirá, dijo
con una certeza en tono alto,- le
susurró al oído “los deseos no se dicen así, son peticiones profundas del
corazón”, ya que él no pretendía dar a conocer el suyo, “que no coja para la
tierra de la catedral de sal, señor déjala mejor en esta tierra donde nada le
faltará” esa noche dos peticiones pulsarían por ser la escuchadas, estaba
tranquilo pues con los milagros de la inmaculada concepción contaba de local.
Entre sorbos de
raspao de limón pasaban del protocolo del guía y la turista a una amistad en
semana mayor con permiso para quitarle el chorreo de la veladora directo a las
manos de diosa para quemarla, parece que en cada espabilar salía un suspiro, las
primeras sílabas de un naciente sentimiento, las miradas dicen más que una boca
con un nudo que la aguanta, así sucedió y nacía el amor.
Para la noche de
la procesión del santo sepulcro la buscó
temprano, visitaron la virgen del Carmen en el terminal de buses que es muy
milagrosa y protege a los conductores, contemplaron la virgencita del hogar
infantil que es la imagen más antigua del municipio y finalmente volvieron al
muelle turístico donde la virgen la vio llegar, y es testigo mudo del romance
con la turista; la procesión de esa noche fue más corta, de horas fugaces,
había llegado el sábado de gloria y el domingo de resurrección, renace el amor
y merecía celebrar, sonaba el timbre del hospedaje y una voz discreta en pausa
le dijo – ella ha viajado temprano, sus oídos no lo aceptaban menos su corazón,
apresurado llego al muelle, ya en marcha la chalupa atinó a ver la cabellera
que la hacía diferente a la virgen y a quién ahora le pide una explicación, ¿qué
trato hiciste con la virgen de Zipaquirá?
Porqué que tenía que irse así, ahora mirando el revolotear de las aves y
a la inmensidad del agua asomaron las lágrimas viendo cómo se perdía la sombra
de la nave con otro amor fugaz.
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