sábado, 3 de noviembre de 2018

Un a historia de mi Chimichagua nueva. Un romance fugaz de turista


Una historia de mi Chimichagua nueva de Víctor Felizzola Cano
Un romance fugaz de turista.
La mañana que la vio arribar al muelle del pueblo, ese día sintió que su esquiva felicidad dejaría de ser la sombra de quién le había jurado volver y se había pintado de olvido, disipaba su tristeza mirando las aves revolotear en la ciénaga o a los viajeros llegar con su afán de estar para la semana santa en Chimichagua, era tan parecida a la virgen que solo la brisa la distinguía ariscándole su cabellera negra,  la vio santiguarse frente a ella y no salía del asombro que gracias dio también por la turista bendición.
¿Quién la lleva a su dirección? Mucho gusto Moisés, hola- María., vamos a este pueblo no se le conoce así, hay es que caminarlo- se apresuró- solo necesita que éste guía tome su equipaje y le hable de la virgen del muelle que bendice a los visitantes, de las fiestas de la inmaculada, del pozo del higuerón que quién toma su agua en esta tierra se queda y que la procesión del jueves santo hay que acompañarla hasta que amanezca, si lo hace con devoción de seguro se le cumple el deseo que pedirá.
Así el anfitrión se enternecía escuchándole la historia del señor de Monserrate y la medallita con el cristo que había comprado en el lugar, atónito quedaba en la conversación embelesado en el rostro que borró  la huella de una ingrata venezolana, - debes pedir un deseo para un cambio sorpresa en tu vida, fue la sugerencia iniciando la nocturna peregrinación entre una multitud con velas encendidas, -  sí, pediré por mi regreso a Zipaquirá, dijo con una certeza en tono alto,-  le susurró al oído “los deseos no se dicen así, son peticiones profundas del corazón”, ya que él no pretendía dar a conocer el suyo, “que no coja para la tierra de la catedral de sal, señor déjala mejor en esta tierra donde nada le faltará” esa noche dos peticiones pulsarían por ser la escuchadas, estaba tranquilo pues con los milagros de la inmaculada concepción contaba de local.
Entre sorbos de raspao de limón pasaban del protocolo del guía y la turista a una amistad en semana mayor con permiso para quitarle el chorreo de la veladora directo a las manos de diosa para quemarla, parece que en cada espabilar salía un suspiro, las primeras sílabas de un naciente sentimiento, las miradas dicen más que una boca con un nudo que la aguanta, así sucedió y nacía el amor.
Para la noche de la procesión del santo sepulcro  la buscó temprano, visitaron la virgen del Carmen en el terminal de buses que es muy milagrosa y protege a los conductores, contemplaron la virgencita del hogar infantil que es la imagen más antigua del municipio y finalmente volvieron al muelle turístico donde la virgen la vio llegar, y es testigo mudo del romance con la turista; la procesión de esa noche fue más corta, de horas fugaces, había llegado el sábado de gloria y el domingo de resurrección, renace el amor y merecía celebrar, sonaba el timbre del hospedaje y una voz discreta en pausa le dijo – ella ha viajado temprano, sus oídos no lo aceptaban menos su corazón, apresurado llego al muelle, ya en marcha la chalupa atinó a ver la cabellera que la hacía diferente a la virgen y a quién ahora le pide una explicación, ¿qué trato hiciste con la virgen de Zipaquirá?  Porqué que tenía que irse así, ahora mirando el revolotear de las aves y a la inmensidad del agua asomaron las lágrimas viendo cómo se perdía la sombra de la nave con otro amor fugaz. 

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